Cuando por fin tuve la oportunidad de sentarme en una de esas sillas rojas que no son para todos quienes abordan este expreso, sino para los privilegiados, los más vivos; son trofeos que toca sudar como los de carreras de carros, comencé a observar la gente a mi alrededor, a escuchar el sonido del bus y pensé en cien negros trabajando en las calderas de algún titán trasatlántico; el ruido se mezclaba con el tipo de metro ochenta parado a mi izquierda; un yupi de unos treinta años, vestido con Arturo Calle o alguno de esos que tienen tienda en la calle, hablaba por celular con su esposa, bueno, hablaba en un comienzo, porque luego discutía sobre quién iba a recoger a los niños en el colegio y su argumento más fuerte para evitar tal labor era que tenía una reunión importantísima en media hora. Sabrá Dios si su reunión importantísima era con una puta, o si su esposa tendría una cita en quince minutos donde el peluquero o el agente de bienes raíces, entonces no supe cual de los argumentos sería más válido, todas esas preocupaciones burguesas se me hacen del mismo peso, un peso, y la gente se mata y pelea por un peso.
A mi derecha sentada se hallaba una bella mujer de unos veintisiete años, dormía de lo más cómoda soñando quién sabe con quién, mientras yo soñaba despierto con que ella fuera la madre de mis hijos, hasta sacrificaría todas mis reuniones “importantísimas” para recogerlos en el colegio sin ningún lío, o me la llevaría de viaje a la India, a esa ciudad llena de templos y esculturas referentes al Kamasutra, donde la unión sexual entre hombre y mujer es la manera de alcanzar la iluminación, el máximo estado del espíritu, nos volveríamos seres de luz y haríamos el amor día y noche, pero su respiración se mezclaba con las fanfarronadas del yupi de los tres dedos de frente y los negros al fondo seguían dándole duro a la caldera.
Adelante había tres niñitos de colegio público y oía su cotilleo. Hablaban sobre las hermosas colegialas diecisieteañeras, quienes por la presión de la multitud dentro de esta enorme lata de sardinas, tenían sus cocacolescas figuritas a menos de tres centímetros del miembro del más pequeño y gordito de los niños.
Comencé a prestarle atención a todos y cada uno de los sonidos producidos en el bus incluyendo mi agitada respiración. Ese humor del articulado causa algo que llamo el Efecto Transmilenio; una droga mecanicoambiental colectivamente inducida, algo parecido a no dormir durante dos días, esa lucidez melancólica, pero acompañada de cientos de aromas y miles de ideas que galopan por tu cerebro a mil por hora y a la vez despacio, mientras afuera el mundo corre a sesenta kilómetros por hora en sentido contrario a tu destino y cuando llegas a este, termina el efecto de tal droga, la Substancia T, pero bueno luego les hablaré mejor sobre el tema.
Detrás una señora cantaba clásicos del Puma, un joven cogía las barandas del bus como tambores y platillos, el piso como bombo y sus dedos como cuatro baquetas, mientras tarareaba una canción de los Ramones. Cada sonido entraba por mis múltiples oídos; un cadaver exquisito hecho canción, donde yo era el director y único asistente consciente de tan magnífica orquesta. Recordé cuando alguna vez siendo pequeño mi hermana me contó que cuando bailaba Techno en un After, cerraba los ojos y hacía que cada parte de su cuerpo se moviera con un sonido distinto en la canción que sonaba. Años más tarde conocí el efecto que causan las drogas sobre una persona cuando baila, esa sublimación del cuerpo y el espíritu hechos danza y entonces pude comprender las sabias palabras de mi hermana, la iluminación que producen ciertas substancias mezcladas con el baile y además que este, que a su vez tiene una carga sexual muy alta, también sirve para aproximarse a ese estado del que hablan en la India; entonces no hay tal “One Way” para lograr las cosas. Comprendí el sabor de los negros quienes a su vez y paradójicamente continuaban llevando firmes y sin tregua la base rítmica de mi orquesta al son de calderas grises y rojas rodando por el asfalto Bogotano.
Las puertas del bus se abrían en cada estación como latas de Coca Cola, burbujeantes y espumosas salían las personas, toda una danza caótica, subconscientemente planeada; otras entraban buscando el mejor puesto que no existe si ya no hay sillas vacías, no faltaba el “líder” intentando poner orden donde ni el niño gordito había logrado alejarse un solo centímetro de la sexy colegiala que lo miraba mientras él, víctima de su pubertad, rojo como tomate y con sus hormonas como maíz pira en aceite hirviendo, aterrado observaba como cada vez su amiguito juguetón se ponía “más feliz”. Así es como un hombre se enamora de los tumultos y llega a su hogar a desquitarse a solas con su pequeño amigo por hacerlo quedar mal. No One Way.
La orquesta comienza un crescendo infernal, mis oídos suben el volumen y aumenta mi desesperación, la canción penetra mis huesos y empiezo a buscar un elemento que le de ritmo melodioso al ruido, algo que contraste o que implante equilibrio, un director de orquesta sustituto o un instrumento de sonido celestial, una lira angelical o la voz de la chica de mi derecha susurrándome al oído que cuando nos bajemos se irá a la India conmigo, o al menos a Cali a bailar. Busco por todas partes y no encuentro nada; a mi izquierda me repugna el yupi con su perfume de cien de los verdes comprado en Maicao a mitad de precio, su celular perdido entre sus dedos y su cara de “Soy mi dueño y único redentor” sabiendo que todo su ser depende de la subida o caída de su status dentro de su mundito falso de apariencias y engaño, mientras los niños en el colegio esperan a mamá que se las arregla para cumplir con mil y una responsabilidades en veinticuatro horas sin usar perfume de Maicao.
La hermosa madre de mis hijos a mi derecha ya está roncando y su sonido me molesta aunque la envidio porque desearía poder salirme de este estadio, de este espantoso concierto y dormir plácidamente dejándole mi destino a la alarma de los sueños para que me indique cuando debo despertar. Me da risa y pena ajena la situación complicada y placentera del gordito que empieza a rosar la falda alta de la colegiala, mientras hace disimulados movimientos púbicos mirando a sus amigos que a su vez lo ven con cara de eres mi héroe. No tengo ritmo ni motricidad para acompañar al joven baterista frustrado amante de los Ramones y lo peor está detrás mío pues no me se una maldita canción del Puma.
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