Por fin es jueves otra vez, esta semana se me hizo más larga que las diez anteriores, debe ser porque ya me he acostumbrado a verla y se me pasa el tiempo más despacio cuando no lo hago; como un vicio que empieza por comerse la memoria ajena a los momentos en que la veo, luego se come las horas y hasta las ganas de hacer cosas que antes hacía y ya no les veo gracia.
Ya debe estar por aparecerse, con sus gafas de sol y esa camiseta blanca vuelta nada, cuello V, con un ojo gigante pintado con Sharpie en el estómago seguramente por ella; ese ojo que parece que todo el tiempo mirara desorbitado, solitario, como desde el otro lado de un vidrio. Terminé por acostumbrarme a verla con esa camiseta, ya no me la imagino con otra, como tampoco me la imagino sin ese jean gris que alguna vez seguramente fue negro. No me imagino lo que debe ver el ojo.
Ya van más de tres meses y aún no me atrevo a hablarle, me consume la inseguridad, entonces me conformo con sentarme en el parque de la independencia y verla pasar, jueves y domingo, siempre a las once de la mañana. Duré un mes yendo de lunes a domingo hasta descubrir que sólo iba tales días; siempre con su camiseta de ojo y su jean gris, sus tenis blancos y su pelo negro desordenado, como si apenas acabara de salir del más profundo sueño. Se sienta en el pasto, abre su bolso y saca un cuadernito de esos chiquitos argollados, comienza a escribir, a rayar, comienza a fumar con ansiedad. Una vez le conté veintitrés cigarros en hora y media, luego saca una botella de brandy ya empezada, toma como fuma hasta quedar ebria, lo noto porque siempre mueve igual la cabeza cuando esta borracha, como haciendo círculos, como estirando el cuello, como preparándose para la batalla, entonces, cuando ya se ha sacado suficientes yucas, comienza a arrugar las hojas donde escribió, desesperada aunque muy metódica hace una gran bola de papel, la mete en su bolso y rompe en llanto, como si su madre acabara de morir frente a ella, llora desesperada aunque en admirable silencio, tensiona los dedos, las manos y se comienza como a rasguñar las piernas, luego se rasca la cabeza y se hala el pelo hasta que termina tumbada en el piso, boca arriba mirando al cielo o no se a donde, porque nunca se quita las gafas, ni siquiera cuando llueve. Luego de unos quince minutos se pone en pie, dura unos segundos recobrando la estabilidad y cuando casi lo logra, comienza a correr siempre en la misma dirección, siempre hacia la plaza de toros, sube a la quinta por los lados del carrusel y desaparece de mi vista.
La primera vez que la vi fue mera casualidad; yo estaba ahí tumbado en el pasto, sin hacer nada, jueves once de la mañana, pensando en que el día estaba tan frío y oscuro que sólo daban ganas de tirarse desde el último piso del Colpatria apuntando a caer encima del CAI; de pronto llegó y se sentó ahí abajito, donde siempre se sienta y comenzó su ritual autodestructivo. Inmediatamente me quedé anclado a su miseria y ahora vengo cada jueves y domingo a la misma hora, me sitúo a una distancia prudente, suficientemente lejos y casi imperceptible para que no se sienta observada y lo suficientemente cerca para alcanzar a verle el esmalte de las uñas y saber que se las come y saber que lo que fuma es Lucky Strike, aunque parece una chica sin suerte. Entonces me quedo ahí hasta que se va, a veces el programa dura hasta dos horas en las que me voy volando con el humo que sale de sus pulmones, esperando inhalar un poco de su angustia. Aún no le cuento a nadie sobre esta obsesión, quiero que sea sólo mía, además para qué intoxicar con sus restos a alguien mas. Simplemente me escapo y me vengo a imaginar qué diablos es lo que le pasa, por qué siempre hace todo tan igual, por qué no le gusta lo que escribe, por qué siempre brandy empezado, por qué siempre la misma ropa, por qué Lucky Strike si está tan arruinada, por qué no se corta el pelo o deja de halárselo con tanta fuerza, por qué solo viene esos días y por qué tan religiosamente siempre a la misma hora, por qué carajos no se quita las gafas nunca, ni cuando llueve, a veces pienso que tal vez le falta un ojo y es el que pintó en su camiseta; por qué un ojo, por qué llora en silencio, por qué no grita mejor, por qué huye corriendo luego de mirar al cielo, por qué se emborracha si sabe que va a llorar, por qué no deja la bola de papel ahí botada si no la quiere, para que yo pueda saber qué es lo que tanto raya en su cuadernito, por qué siempre sola, por qué siempre el mismo lugar y sobre todas las cosas, por que aún no me decido a preguntarle por qué.
Los días que no viene pasan lentos y aburridos, sólo pienso en qué estará haciendo, en si siempre llora, en si ya sus ojos se secaron y ahora llora su camiseta, pienso de qué manera voy a comenzar a hablarle la próxima vez que la vea, qué palabras debo usar y hasta cómo la debo mirar. Sueño con ella, todo el día pienso en ella, me he alejado de mis amigos y ya no le hallo sentido a los días. Una noche soñé que ella estaba en su cuarto, éste a su vez estaba lleno de bolas enormes de papel cuadriculado y miles de ojos pintados en las paredes como por un niño de cuatro años, sonaba una cancioncita de fondo, como un acordeón, o un violín o algo así y entonces sacaba de su bolso una botella enorme y transparente, tomaba y tomaba pero no parecía ebria, luego comenzaba a bailar regando liquido en las bolas de papel, comenzaba a bañarse en el contenido de la botella y cuando este se acababa por completo, sacaba de su bolso un encendedor y totalmente inexpresiva, se prendía fuego.
Faltan cinco para las once, me sorprende su puntualidad, esa disciplina en la tragedia, a veces también pienso que tal vez esa sea su dicha, que no es como todos y que en realidad es feliz y lo que para uno es desesperación mortal, para ella puede ser la más deliciosa y plena de las experiencias, su ratico más alegre y liberador; de ser así quiero que me enseñe a ser feliz, pero que por favor me deje mirar por ese ojo hacia adentro.
La última vez, mientras ella escribía me di una vuelta al parque para pasarle al frente y llamar su atención, provocar, por qué no, una conversación, aunque fuese un cruce de palabras, cualquier cosa que me indicara algo más, saber a que huele, además de a cigarro y alcohol, hasta compré un dulce ácido para ofrecerle, estoy seguro que prefiere ácido que dulce, también compré media botella de brandy por si se daba la casualidad de poder decir que tenemos un gusto en común. A medida que iba acercándome, el corazón comenzaba a contraerse en mi pecho y retumbaba en mis sienes como un tambor africano, sudor frío recorría mi frente y mi cigarro se consumía más rápido que siempre, sin embargo iba más decidido que nunca. Cuando llegue a escasos dos metros de ella, me detuve, era el momento de la verdad, entonces se puso de pie, recobró la estabilidad, se detuvo unos diez segundos que parecieron años y se quedo mirándome fijamente tras esos lentes negros como seguramente lo es su corazón. Yo me quedé petrificado, no podía moverme y sólo me repetía hacia adentro lo estúpido que me debía estar viendo, mientras pensaba algo astuto para decir, pero nada surgió, ella siguió totalmente inexpresiva, giró y salió corriendo como siempre, maldita sea y yo no pude moverme durante un minuto. Luego me compuse y me comí el dulce ácido, me tumbe donde ella lo hacía y me embriague tomándome el brandy en diez minutos, a ver si veía algo más, a ver si me daba por llorar y rasgarme las vestiduras, a ver si se me antojaba arrancarme el pelo, pero nada pasó, simplemente estaba ahí, ebrio un jueves al medio día. Sintiéndome más estúpido que de costumbre cuando la espiaba, me levanté y me fui hablando solo por la séptima, asegurándome jamás volver a verla, ignorar tanto misterio suyo que me absorbía y me hacía querer descubrirla, olvidarme de su cara muerta, de su pelo, de sus uñas mordidas, de sus gafas, de su pantalón gastado y de su maldita camiseta del ojo aislado. A mí qué me importa si se fuma dos paquetes de Lucky Strike y aún se siente desgraciada, qué me importa si el brandy incendia sus venas, si se arranca todo el pelo y lo hace marañas y lo mete al bolso. Que se pudra, que se riegue alcohol y se prenda, que llore hasta ahogarse en su maldito llanto, pero que por favor me devuelva mi vida, mi seguridad, mi cordura, que por favor me reciba miseria de vuelta, ya respiré demasiada de la suya, ya creo que en cualquier momento voy a estallar y de mi van a salir miles de bolas de papel cuadriculado, ya no más, ya estuvo bien, tuve una sobredosis de su angustia y a ella sólo le importa embriagarse, llorar y salir corriendo. Si, ahora si creo que se siente feliz, o por lo menos libre.
Como un adicto irremediable, al otro día sentí más deseos de verla que nunca, me dolía el cuerpo y no era precisamente guayabo, fue mi día más largo y trágico, un síndrome de abstinencia a causa de su ausencia y aquí estoy otra vez, esperando una nueva dosis, ahí viene, once en punto, hoy estoy decidido a seguirla hasta donde vaya, hasta su cama si es posible, pero ya no aguanto más sin saber lo que esconde y por qué me atrae tanto.
Ahí está, comenzó la función sacó su cuadernito y esta escribiendo, o dibujando mamarrachos, hasta me intriga como mueve el esfero, como si fuera a hacerle una incisión al papel, tan abstraída en su labor que pareciera que no oye ni ve ni entiende que hay un mundo a su alrededor, entregada totalmente a su tarea de sufrimiento y redención. Yo enciendo un cigarro, últimamente estoy fumando Lucky Strike, a ver si me siento afortunado de verla, tal vez deba fumar más para tener la fortuna de oírla, tal vez ella enloqueció porque su amado jamás llego a encontrarla en el parque de la independencia a las once de la mañana como habían acordado y desde entonces viene como vestía aquel día y se pone a escribirle cartitas de amor y deseo, de llévame lejos, de me siento sola y desafortunada, de me voy a embriagar hasta morirme si no vienes ya y cuando se da cuenta que esta ebria y que su amado desapareció para siempre, entonces desespera y huye corriendo sabe Dios a dónde. También he contemplado la posibilidad de regalarle algún sedante, o Valium, pues pienso que lo que tiene puede ser Delirium Tremens por problemas con el alcohol y esto la lleva a alucinar, temblar y tener ese extraño comportamiento, por eso intenta escribir o dibujar hasta darse cuenta que esta jodida, entonces no aguanta más y comienza a beber nuevamente. Tal vez sea eso, además el Delirium Tremens lo relacionan ocasionalmente con la activación del tercer ojo y la visión de seres del bajo astral, probablemente ella enloqueció de alcohol o de espíritu y ve cosas que nadie más puede ver, seres mágicos y oscuros que le generan el más despiadado temor, entonces intenta reproducirlos y no lo logra, así que se embriaga para olvidarlos y no lo logra, entonces desespera y huye antes que la descubran y logren alcanzarla, por eso el ojo en su camiseta, para estar siempre alerta de aquellas criaturas que pretenden hacerle daño y traerle dolor y odio. Eso es, tal vez lo mejor sea que la próxima vez le traiga Valium.
Ya explotó, está haciendo la bola que meterá en el bolso, ahora enloquecerá progresivamente. Es tan predecible, siento que la conozco de toda la vida, que podría mirarla y decirle en que posición le gusta dormir cuando logra dormir, pero a la vez siento que lo que guarda es más oscuro y profundo que cualquier teoría que yo pudiera formular.
Ya ha pasado un buen rato, lleva dieciocho cigarros y queda menos de la mitad del brandy en la botella, pero hace un buen rato se quedo ahí acostada como cuando mira al techo, pero no se mueve y lleva más tiempo de lo normal. Me pregunto si estará bien, si necesitará algo; que pregunta más estúpida, obviamente todos necesitamos algo, pero quién me creo para llegar de un momento a otro y aparecerme en su vida a darle soluciones que tal vez conoce pero deja de lado, quién me ha dicho a mi que se siente mal en su situación, por qué nos acostumbramos a pensar que podemos llegar a mejorarle la vida a las personas que no nos han pedido nada, por qué no mejor dejar de dármelas de superhéroe y dedicarme a recuperar mi estabilidad, ya pesa mucho mi vida como para echarme otra encima.
Por qué no se levanta, ya era hora de que se hubiese puesto en pie tambaleándose, pero nada, nada pasa, ni enciende otro cigarro, ni toma otro trago, eso sólo puede significar que esta muerta o dormida, no se cual es preferible. Lo mejor será que deje mi inseguridad de lado y me acerque a cerciorarme que por lo menos respira, si es que no le voy a hablar, pero tal vez esta sea la oportunidad de simplemente dejarme caer junto a ella y esperar a que despierte, me vea al lado y me invite un trago, entonces le diré que la amo o que me lleve muy lejos, muy al fondo de su desgracia. Me queda un cigarro, lo enciendo haber si me da ese golpe de suerte que necesito.
Dos pasos más y llego a ella; listo, acá estoy, no se mueve pero está respirando, qué hago, maldita indecisión, le quito la botella de la mano y tomo un trago para calentarme o mejor me acuesto junto a ella como pensaba. Un momento, también puedo despertarla e inventarme una historia para hablarle, o puedo quitarle las gafas lentamente y ver si sólo tiene un ojo. Tiene el bolso ahí al lado, es el momento perfecto para abrirlo cautelosamente e inspeccionar su interior, ver qué tanto es lo que guarda allí. Alguna vez alguien me dijo que una mujer se conoce por su manera de caminar y por lo que guarda en su bolso, el de ella debe estar lleno de papeles rayados quién sabe con qué, de paquetes vacíos de Lucky Strike, pura suerte vacía, también debe guardar fuego y miles de oscuros pensamientos comprimidos en bolas cuadriculadas de papel, seguramente llevará un cuchillo, o algún tipo de arma, no creo que tenga celular, no parece creer en la comunicación, mucho menos en el tiempo.
Me gustaría acostarme junto a ella y sentir algo de lo que ella siente, más cerquita, por una última vez soñar y esta vez verme en su cuarto, rodeado de miles de bolas de papel, todos esos ojos amorfos mirándome como atravesando el vidrio que los ausenta, acercándose, acechándome cada vez más, entonces entra ella y me brinda un largo trago de su botella, tomo y tomo hasta sentirme medio intoxicado, luego ella hace lo mismo y comenzamos a bailar, regando líquido por todo el cuarto y sobre nuestros cuerpos hasta vaciar la botella, entonces, saca un encendedor, me mira fijamente y por primera y última vez me sonríe antes de prendernos fuego y consumirnos para siempre.
Si su destino es llenar su bolso de desgracia e intoxicar el aire de miseria; si mi destino es respirar aire tóxico y seguir pudriéndome de angustia, prefiero ser bala antes que blanco, prefiero botarme del ultimo piso del Colpatria y estallarme contra el CAI.
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wow!
ResponderEliminaré.lena
i love it !
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