martes, 29 de diciembre de 2009

OTOÑO

Como va una hoja cayendo de la copa del árbol más alto, impulsada sólo por la más leve brisa de alguna estación; incauta, hacia ninguna parte, bailando entregada a la nada. Así mismo va la vida despreocupada, sólo es, tan desapercibida que cualquier cosa la toca, tan soñadora que cualquier grano de polvo la afecta, tan inocente que cualquier fuerte viento o gota de lluvia la clava para siempre en el asfalto, la inunda y comienza a secarse lentamente hasta morir. No importa, millones de hojas caen cada día, millones nacen o siguen vivas, atadas a un tallo y cuando al fin logran desprenderse no vuelan, aunque lo desean, simplemente se dejan caer y se van lentamente, impulsadas siempre por esa misma brisa que anhelaban sin conocer. Entonces ya no podrán volver atrás, no serán nunca más parte activa de tan preciado árbol; sólo se entregarán a la más sublime y despiadada melancolía y así, aunque casi libres, planeando y danzando con la brisa van cayendo segundo a segundo hasta morir víctimas del viento que quisieron con nostalgia desde que fueron conscientes de poder volar con él; con dicha de lo que alguna vez soñaron, con dicha de lo que al final vivieron, con desdicha porque ya murieron.
Nada importa, es un ciclo, una cae y otra nace, sólo son cuatro las estaciones, después de eso no son más que hojas insignificantes en un árbol que mueren sabiendo que pronto volverá la Primavera.

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